Me encuentro en Francia, en París, una de las cunas del arte europeo. Esta vez me dirigía a ver al famoso filósofo y sabio René Descartes, el filosofo que rompió con los cánones medievales para ser reconocido el primer hombre moderno por las generaciones posteriores.
Lo encontré por casualidad en la plaza de la catedral, Notre-Dame de París. Se encontraba sentado en banco de piedra, dando de comer a las palomas. Se le veía pensativo y ausente.
Me acerqué a su lado despacio para no perturbar su concentración.
- Señor Descartes...- de repente giró la cabeza hacia mí sobresaltado.
- Hombre Jorge, querido amigo, ¿como te encuentras?
- Muy bien René, impresionado con esta maravillosa ciudad en la que nos encontramos.
- A mi también me apasiona esta ciudad aunque hecho de menos La Fleche, el pueblo donde estudié y me hizo comprender que todo lo que nos han enseñado hasta ahora no es verídico, la escolástica y el pensamiento aristotélico ha caído, y si no queremos caer con él tenemos que adaptarnos a algo nuevo. Por eso planteé el racionalismo.
- Uf... hace mucho tiempo que no estudio tu filosofía. ¿Podrías refrescarme la memoria?
- Por supuesto amigo mío, pero mejor vamos un café que conozco cerca de aquí, que comienza a hacer frío. Sirven un café delicioso y los dueños son amigos míos.
- Muy bien, vayámonos entonces.
La cafetería estaba al otro lado del río, dentro había mucho ambiente. Descartes saludó al camarero de la barra, el dueño del bar, un hombre de grandes complexiones y amigable a la vez. Nos sirvió dos cafés y nos sentamos en una mesa al lado de la vitrina.
- Bueno Descartes, explícame de nuevo el racionalismo.
- Pues mira, todo empieza cuando a principios del siglo XVII llega un momento en que necesitábamos replantear la filosofía porque esta estaba quedándose obsoleta. Tomamos un cambio radical en la filosofía y lo planteamos desde el problema del conocimiento. Ya no tenemos esa duda sobre la naturaleza del mundo y cómo se comporta, sino que nos preguntamos cómo podemos conocer, claro, tenemos una epistemología aristotélica tradicional pero ya no sirve, se desmorona. Por eso el cambio de método. Aristóteles era realista. Ahora la verdad ya no se encuentra a través de los sentidos, porque estos nos engañan. Por eso hay que dudar de todo y buscar desde nuestro interior el camino de la verdad. Todo esto se debe construir a partir de unos principios, unos axiomas indubitables de los que no podamos dudar.
- Cogito ergo sunt. Lo recuerdo, el primer principio de verdad.
- Correcto Jorge, desde aquí plateamos un saber deductivo del que podamos sacar todas las demás reglas y leyes de la naturaleza. Es súper importante la idea del Yo. Otra verdad indubitable es Dios, ya lo explicó San Anselmo con su argumento ontológico.
- Lo recuerdo, también ta basaste en el argumento noológico de San Agustín.
- Y por eso, la idea de yo y la idea de Dios, ese ser superior eterno y perfecto podemos deducir el tercer prinicipio, la res extensa el mundo que nos rodea. Dios no puede mentirnos en cuanto a lo que nos rodea, su obra es positiva, nos ha transmitido el conocimiento de las ideas eternas como el concepto perfección, infinitud...
- Muy bien Descartes, ya me has hecho recordar. Esto me recuerda a mi experiencia con Platón y la teoría de la reminiscencia - me reí. Descartes también rió.
- ¿Has conocido a Platón?
- Sí, estuvimos hablando un día en Madrid, en el Retiro.
- Que curioso - sonrió Descartes - Bueno, ¿mañana regresas a España?
- Así es, hoy es mi último día en Francia. Espero que nos volvamos a ver René.
- Yo también, pero ya sabes, busca en tu interior y descubrirás la felicidad.
Con estas palabras se despidió. Yo me dirigí al aeropuerto, desando volver a casa.
Me acerqué a su lado despacio para no perturbar su concentración.
- Señor Descartes...- de repente giró la cabeza hacia mí sobresaltado.
- Hombre Jorge, querido amigo, ¿como te encuentras?
- Muy bien René, impresionado con esta maravillosa ciudad en la que nos encontramos.
- A mi también me apasiona esta ciudad aunque hecho de menos La Fleche, el pueblo donde estudié y me hizo comprender que todo lo que nos han enseñado hasta ahora no es verídico, la escolástica y el pensamiento aristotélico ha caído, y si no queremos caer con él tenemos que adaptarnos a algo nuevo. Por eso planteé el racionalismo.
- Uf... hace mucho tiempo que no estudio tu filosofía. ¿Podrías refrescarme la memoria?
- Por supuesto amigo mío, pero mejor vamos un café que conozco cerca de aquí, que comienza a hacer frío. Sirven un café delicioso y los dueños son amigos míos.
- Muy bien, vayámonos entonces.
La cafetería estaba al otro lado del río, dentro había mucho ambiente. Descartes saludó al camarero de la barra, el dueño del bar, un hombre de grandes complexiones y amigable a la vez. Nos sirvió dos cafés y nos sentamos en una mesa al lado de la vitrina.- Bueno Descartes, explícame de nuevo el racionalismo.
- Pues mira, todo empieza cuando a principios del siglo XVII llega un momento en que necesitábamos replantear la filosofía porque esta estaba quedándose obsoleta. Tomamos un cambio radical en la filosofía y lo planteamos desde el problema del conocimiento. Ya no tenemos esa duda sobre la naturaleza del mundo y cómo se comporta, sino que nos preguntamos cómo podemos conocer, claro, tenemos una epistemología aristotélica tradicional pero ya no sirve, se desmorona. Por eso el cambio de método. Aristóteles era realista. Ahora la verdad ya no se encuentra a través de los sentidos, porque estos nos engañan. Por eso hay que dudar de todo y buscar desde nuestro interior el camino de la verdad. Todo esto se debe construir a partir de unos principios, unos axiomas indubitables de los que no podamos dudar.
- Cogito ergo sunt. Lo recuerdo, el primer principio de verdad.
- Correcto Jorge, desde aquí plateamos un saber deductivo del que podamos sacar todas las demás reglas y leyes de la naturaleza. Es súper importante la idea del Yo. Otra verdad indubitable es Dios, ya lo explicó San Anselmo con su argumento ontológico.
- Lo recuerdo, también ta basaste en el argumento noológico de San Agustín.
- Y por eso, la idea de yo y la idea de Dios, ese ser superior eterno y perfecto podemos deducir el tercer prinicipio, la res extensa el mundo que nos rodea. Dios no puede mentirnos en cuanto a lo que nos rodea, su obra es positiva, nos ha transmitido el conocimiento de las ideas eternas como el concepto perfección, infinitud...
- Muy bien Descartes, ya me has hecho recordar. Esto me recuerda a mi experiencia con Platón y la teoría de la reminiscencia - me reí. Descartes también rió.
- ¿Has conocido a Platón?
- Sí, estuvimos hablando un día en Madrid, en el Retiro.
- Que curioso - sonrió Descartes - Bueno, ¿mañana regresas a España?
- Así es, hoy es mi último día en Francia. Espero que nos volvamos a ver René.
- Yo también, pero ya sabes, busca en tu interior y descubrirás la felicidad.
Con estas palabras se despidió. Yo me dirigí al aeropuerto, desando volver a casa.
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